Ministerio del Poder Popular para la Comunicacion y la Informacion
"Aló, Presidente": el cisne rojo del espectro radioeléctrico
Las apreciaciones del pueblo son racionales y sin fanatismos. Dan cuenta de que, por primera vez en varios siglos, está recibiendo lo que espera de su gobernante. Además, ponen en evidencia que el "Aló, Presidente", es un programa que ha revolucionado el esquema comunicacional, intercambiando los roles de emisor y receptor
César Bencomo *
21 de mayo de 2011
En el Aló, Presidente, pueblo y mandatario se intercambian los roles de informador y receptor.
Foto: Archivo / Prensa Presidencial

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Hasta donde tengo memoria, y gracias a lo que ha quedado registrado en videos, las alocuciones presidenciales en nuestro país durante el siglo XX, ostentaban un estilo que se empeñaba, de manera tozuda, en no identificarse con los desposeídos —que constituían cerca del 70 por ciento de la población.

Un presidente transmitiendo su mensaje al país por televisión, solía tener la estampa de un hombre mayor, blanco, calvo, hosco y acartonado, encuadrado en plano medio corto, tal como un busto de una estatua de bronce, vestido con oscuro paltó y corbata. Solía estar sentado en una gran silla con ribetes dorados, ante un imponente escritorio, o de pie, atrincherado detrás de un podio, también con ribetes dorados, que, muchas veces, ocultaba lo que tenía al alcance de sus manos. Esto, por fortuna, permitía que la imaginación del televidente divagara en divertidas conjeturas.

Casi nunca se le veía de perfil ante las cámaras, nadie sabía qué había del pecho para abajo, esa parte que completaba su humanidad estaba difusa, bien podía estar en blue jean o con pantuflas, pero nadie lo sabía. Por supuesto, la jarra de agua y el vaso formaban parte de la utilería protocolar, y el jefe jamás delataba su humanidad bebiéndola (a lo mejor ni siquiera era filtrada), ni qué hablar de tomarse un café al aire. Jamás reía, pero a veces podía hacer reír a la escuálida teleaudiencia, no con intención, sino por los errores e incoherencias que la misma tensión y superficialidad le hacían cometer. Gracias a la solemnidad y artificialidad reinantes, estas fallas rompían el hielo y se manifestaban con gracia y ridiculez magnificadas.

A veces, el jefe de Estado dejaba ver el fajo de hojas que constituía su “libreto”, siempre de dudosa autoría, escrito en una prosa hueca y grandilocuente, plagada de tecnicismos y locuciones desconocidas por el magistrado…y por el pueblo.

Muchos televidentes aprendimos a pronosticar la importancia y la duración del discurso, observando el grosor del documento que el funcionario se disponía a leer, siempre con rostro adusto y de circunstancia, pero inexpresivo. La mirada “de poker” del mandatario: fija en el oscuro hueco de la cámara, y dirigida a televidentes invisibles e inciertos, o más bien ignorados.

Fugazmente, la cámara enfocaba, en algún lugar del estudio, a una representación de lo más leal (y letal) de su tren ministerial: una colección de estatuas sedentes, sin lápiz ni papel, también con paltó y rostros también inexpresivos, pero con la resignación de quien cumple un penoso deber, haciendo esfuerzos para no ser capturados bostezando o distraídos.

Toda esta escenografía, así como el vestuario de los actores, la utilería, el guion y el libreto, los encuadres y el movimiento de las cámaras, eran la imagen institucional que respondía a un patrón cultural. Su finalidad era la de identificar al Gobierno con lo más rancio y conservador de esa oligarquía que detentó el poder político durante más de cien años y, por supuesto, con la cúpula del poder imperial.

Oligarquía y pueblo, metrópoli y colonia son dicotomías inconciliables y de intereses antagónicos. Por eso sus discursos, sus acciones, su estética, sus valores marcarán siempre una irremediable distancia entre ambos bloques. Detrás de esas alocuciones de formas burguesas, aparentemente dirigidas a toda la nación, había un discurso paralelo que convertía al jefe de Estado y su tren ministerial en seres distantes y elevados por encima del pueblo, no sólo desde el punto de vista cultural y económico, sino incluso ontológico: más allá de lo humano.

Sutilmente, se busca transmitir al pueblo, de manera subliminal y borrosa, que entre pueblo y gobernante existe una distancia insalvable en cuanto al grado de humanidad, que es lo que permite que ese personaje pueda gobernar al pueblo: el Presidente es una institución, una silueta de poder, una deidad, un busto parlante que no padece de las debilidades humanas: no toma agua, ni café, no come, no se ríe, no canta, no duda, no llora, no se equivoca, no se emociona, no se enamora, no se despeina y jamás arruga su traje. ¿A quién se le puede ocurrir que un personaje así sea, en realidad, un vende patria, traidor hacia el pueblo, irresponsable, glotón, borracho, mujeriego y corrupto? Incluso, hasta el menos perspicaz de los televidentes, al oír su discurso verbal, se atreve a sentenciar que “¡La gente no habla así!”.

Por eso es que el pueblo, aunque reconocía en este patrón la imagen de la autoridad, no simpatizaba ni se identificaba con el gobernante. Éste, tampoco se estaba dirigiendo al pueblo en sus alocuciones. Por su parte, la burguesía, y quienes, alienadamente, compartían su ideología, se regocijaban con las aparentes muestras de majestad, seriedad, decencia y sobriedad del civil estadista. Tristemente, toda esa apariencia buscaba legitimar el discurso burgués de siempre: garantizar los intereses de la burguesía, justificar la explotación del pueblo y la violación de la soberanía del país por el imperialismo.

Desde hace 12 años, esa misma gente sufre con el estilo del comandante Hugo Chávez Frías y con el giro que ha dado la imagen institucional de su Gobierno. Se retuerce de indignación con un Presidente que canta, que toma café, que se ríe y muestra su intimidad; en fin: que se empeña en hacer visible, no sólo su origen, auténticamente popular, sino que, “transgresoramente” despliega, públicamente, ante las cámaras, la integridad de su condición humana. Consecuentemente, por la oligarquía y sus alienados seguidores, este discurso es visto como “chabacano”, “ordinario” y de “mal gusto”, calificativos con los que la burguesía siempre ha marcado distancia entre ellos y la “chusma” (los desposeídos).

A diferencia de los presidentes que le antecedieron, Chávez tiene un discurso que, en términos del código, va dirigido a la totalidad de la sociedad, no sólo al pueblo, y mucho menos a un selecto grupo de oligarcas y agentes coloniales, sino a todas y todos los ciudadanos. La base de esta afirmación es empírica: su discurso lo comprenden, desde el más rico, hasta el más pobre, no importa el nivel de instrucción, ni la edad: hasta los niños lo comprenden y lo disfrutan. Por muy rico que sea el destinatario, entiende el mensaje presidencial (y tal vez, porque lo entienden, algunos no lo comparten). Contrariamente, el mensaje de los presidentes del Puntofijismo era críptico, diseñado para ser entendido por una minoría, lo que da cuenta de sus “malas intenciones” políticas y de su práctica efectividad excluyente y clasista.

De allí, se deriva el gran éxito del programa “Aló, Presidente”, que hoy arriba a sus doce años. Se trata de un programa donde el Presidente despliega un discurso de imágenes, gestos y palabras que lo muestran en su integridad concreta: un ser humano, del pueblo y que defiende los intereses del pueblo y de la nación; Presidente y líder popular, lo que, dialécticamente lo convierte en un mandatario que agita al pueblo, ¡en contra el Estado mismo!

Las voces de quienes califican el “Aló, Presidente” de ser un programa donde el Presidente impone a la ciudadanía un discurso unidireccional, totalitario, personalista y excluyente; excesivamente largo, fastidioso e inconsistente, quedan silenciadas ante la marea de elogios con los que, la gran mayoría del pueblo venezolano, adorna el programa más visto de la televisión venezolana.

Las apreciaciones del pueblo son racionales y sin fanatismos. Dan cuenta de que, por primera vez en varios siglos, está recibiendo lo que espera de su gobernante. Además, ponen en evidencia que el “Aló, Presidente”, es un programa que ha revolucionado el esquema comunicacional, intercambiando los roles de sus elementos constitutivos: emisor, receptor, código y mensaje.

La gente agradece ser tomada en cuenta y reconoce en el “Aló, Presidente” un programa donde el pueblo, no sólo es el destinatario, sino que, al mismo tiempo, es el emisor de un mensaje que es escuchado y tomado en cuenta por el Gobierno.

En un marcado contraste con los presidentes del Puntofijismo, el comandante Chávez se dirige al pueblo y le transmite las herramientas conceptuales y políticas para elevar su conciencia y alcanzar su propia liberación. En tal sentido, el “Aló, Presidente” representa el primer programa en Latinoamérica y quizá en el mundo, transmitido por medios radioeléctricos, donde un presidente trasciende su función de Jefe de Estado, para asumir un papel de líder, pedagogo político, y analista de la coyuntura, que dicta las líneas que conducen hacia la liberación popular.

Para esto recurre, insistentemente, a todos los medios que, como ser humano común y corriente, tiene a su alcance: la elocuencia, el canto, la poesía, el humor y el amor por la lectura. El amor del Presidente por los libros es evidente y verdadero, si fuera sólo aparente, el comandante Chávez no podría ser uno de los mayores promotores de lectura con los que cuenta el país, ya que para promocionar libros, es necesario conocer su contenido.

Otra de las facetas del “Aló, Presidente” destacadas (y agradecidas) por el pueblo es su capacidad informativa. El programa es reconocido por el pueblo como el espacio, por excelencia, para informarse sobre la realidad del país y contrarrestar las especies desinformativas producidas por lo medios de comunicación privados. Además, la teleaudiencia reconoce la noble actitud del Presidente de rendir cuenta sobre su gestión, reconociendo errores y poniendo en evidencia las fallas de su equipo de trabajo.

Pero, el flujo de la información no es unidireccional, como en el esquema comunicacional clásico; en el “Aló, Presidente” pueblo y mandatario se intercambian los roles de informador y receptor, gracias a un código y un medio compartidos. En este programa, el Presidente también es informado por el pueblo sobre sus problemas y necesidades, así como del resultado de su gestión.

Otra de las características que hacen del “Aló, Presidente” un verdadero fenómeno comunicacional, sin precedentes, es su duración. Cualquier analista convencional pronosticaría un rotundo fracaso a un programa que no sea de variedades, show o espectáculo y que dure hasta 6 y 7 horas. El “Aló, Presidente” echó por tierra todo pronóstico fatalista.

El “Aló, Presidente” —y esto ha sido puesto a prueba por el pueblo— puede ser visto y oído, además, de maneras muy versátiles: en reposo, en grupo (mientras se discute), haciendo oficios, manejando, con un audífono mientras hacemos las compras. Puede dejarse en “segundo plano”, sin perder el hilo, y prestarle, eventualmente, una atención selectiva cuando escuchamos algo que nos llama la atención.

¿Será que, al no obedecer al esquema de las mercancías audiovisuales, su “valor de uso político” se impone por encima de cualquier determinación y produce una revolución comunicacional? Quien sabe. Lo cierto es que cuando se transmite el “Aló, Presidente”, el programa se convierte — con una presencia, si se quiere, discreta pero imposible de ignorar— en el telón de fondo de la cotidianeidad de los domingos.

En síntesis, el “Aló, Presidente”, no es el “patito feo” del espectro radioeléctrico, tal como ha sostenido la contrarrevolución. Todo lo contrario: es un paradigma de la comunicación política, es un fenómeno comunicacional inédito, es una herramienta fundamental para la participación y el protagonismo del pueblo, es una ruptura con la imagen institucional, con el discurso y las prácticas políticas burguesas. Eso lo saben, y lo avalan, con sus testimonios, las decenas de miles de venezolanos y venezolanas que, desde hace doce años, esperan con ilusión, cada domingo, el inicio del programa.

En nombre del pueblo venezolano y del nuestro propio, deseamos que el “Aló, Presidente”, hoy un niño, cumpla muchos años más. ¡Feliz cumpleaños, Aló, Presidente!

* cbencomo@minci.gob.ve
Domingo 19, Noviembre 2017
6:33 pm

En la sección Biblioteca Virtual ubicada en la parte superior de la página (pestaña material Aló), podrá encontar publicaciones: libros, folletos y demás material de interés                          
Aló Presidente 378
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Reproduciendo Aló Presidente 377

Aló Presidente 378

El presidente Hugo Chávez, realizó su programa \"Aló, Presidente\" Nº 378, desde la Unidad de Propiedad Social “general Ezequiel Zamora”, sector Sabana del Socorro, parroquia Santa Bárbara, municipio Ezequiel Zamora, estado Barinas.

Esta UPS funciona como una finca de desarrollo de ganado F1 y un Centro de Inseminación Artificial, donde se producen pajuelas de toros élite para incrementar los niveles de producción de leche y carne. De acuerdo con lo explicado por los técnicos que acompañaron al Presidente en su recorrido, estas son las técnicas de inseminación y fertilización in vitro para incrementar y optimizar la calidad del rebaño nacional.

Durante el programa, fue creado el Órgano Superior de Agricultura (OSA), presidido por el Comandante Hugo Chávez, y la vicepresidencia estará a cargo de Elías Jaua, ministro de Agricultura y Tierra y Vicepresidente Ejecutivo de la República. El órgano tiene como objetivo específico potenciar la soberanía alimentaria en el país, en cada área de su competencia, tendrán participación los ministros Ricardo Menéndez, Jorge Giordani y Henry Rangel Silva.

También, el presidente anunció la creación, vía Ley Habilitante, del Fondo “Ezequiel Zamora” para que la banca privada financie el área agrícola. El Estado también hará sus aportes a través del Fondo de Desarrollo Nacional (Fonden), de Miranda y Bicentenario. Destacó que será el Órgano Superior de Agricultura (OSA), el que se encargue de direccionar los créditos.

En el programa “Aló, Presidente”, se realizaron 2 pases vía satélite. Éstos fueron: La Placera, Maracay, municipio Girardot, estado Aragua. Se hizo una exposición de 55 maquinarias línea amarilla y de perforación de pozos profundos, que serán destinados a la rehabilitación de vialidad agrícola y a la perforación de pozos.

El segundo pase, fue a la Unidad de Propiedad Social “Banco de Pavones”, en Calabozo, municipio Sebastián Francisco de Miranda, estado Guárico. Se mostró la cosecha de mil hectáreas de arroz semilla, variedad sd 20a, en el marco del Proyecto de Desarrollo Agrario Socialista “Píritu-Becerra”
Sugirió ampliar el radio de acción del programa
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“Invocamos a nuestros libertadores, invocamos a Dios Todopoderoso, a Cristo Redentor, para que nos permita continuar avanzando por esta vereda que cada día será más ancha, más próspera y más libre”.

-Hugo Chávez Frías
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